Un silbido lúgubre llama
a quien lo quiera escuchar,
el silencio de la tarde es
devastador.
El sol calienta los
tejados rojos de
esta ciudad, que, en silencio
niega la inacabable rutina.
La misma ciudad se presta
para la fabula prescripta.
En el afán de sobrevivir
abro la puerta a la imaginación. ()
Sobre una ladera duerme
el transeúnte y la muerte,
que ni caso hace al sol.
Recorrer la ciudad es
una causa perdida,
que ejecutas en silencio
por no despertar a los fantasmas,
que, también, vienen durmiendo hace
siglos, atrás de la piedra árabe,
de la piedra mora, de la piedra occidental.
El despertar de uno de ellos
provocaría el caos.
Con solo diez minutos que
te conduzcas, ya sea al norte,
ya sea al sur de la ciudad;
encontraras el verde de las laderas,
inmaculadamente ordenadas.
Veras los muros de los edificios
surcar a lo lejos, ya;
y lo que era ciudad, solo eso,
sera magnificencia.
Tus pensamientos tomaron otro rumbo,
viendo con agrado aquello
que ya no puedes describir.
(La mente se rompe en mil pedazos).
(No era imaginación).
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